8 Soy la Madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza

Día octavo

Caridad apostólica

Soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza (Eccl 24, 28)

Una caridad desbordante

                La plenitud de gracia con la que fue colmada Santa María lleva consigo plenitud de caridad. No ha habido criatura humana que haya amado a Dios como Ella. Nadie como Santa María vive delicadamente la caridad con el prójimo. Todas las páginas del Evangelio que hablan de nuestra Madre del Cielo recogen el testimonio de su caridad vigilante. Recordáis su actitud en las bodas de Caná. No está como una invitada más a la fiesta. Su caridad vigilante repara en que falta el vino para que la fiesta nupcial prosiga.  

                De labios del Señor sale el mayor piropo hacia su Madre. Cuando aquella mujer del pueblo exclama entusiasmada: Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, Jesús responde: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Era el mayor elogio a su Madre, a su fiat amoroso incansable. En palabras de Juan Pablo II una sinfonía amorosa de síes, de hágases. 

                María no está en la Última Cena pero sigue muy de cerca todos los pasos de su Hijo. Muy grabado quedó en su corazón el Mandamiento Nuevo. En el Calvario María muestra la fortaleza de su Amor. Son muchos los que ven la intervención de la Virgen en la presencia de San Juan junto a la Cruz.

                Después de la Resurrección se percibe la intervención amorosa de Santa María en la recuperación de los discípulos hundidos en la tristeza y el desaliento. La vemos presente, en fín, en el momento de la Ascensión y en la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

                El Libro de los Hechos recoge la vida de la primera comunidad cristiana. Los discípulos suscitaban el asombro entre los paganos por su alegría y su caridad desbordante. Mirad cómo se aman, exclamaban al verles. San Lucas recoge el origen de esa caridad. Perseveraban en la oración, en la fracción del Pan (la Eucaristía),en la doctrina de los Apóstoles, junto a la Virgen María.

                Nos llenamos de alegría y de contento, de alabanzas la boca, y de afecto el corazón cuando la miramos y admiramos como la Madre del Amor hermoso, como Maestra en el arte de corresponder a Dios. Pone toda el alma en su servicio, entrega todo su Corazón.

                El Papa Francisco se ha caracterizado durante su aún corto pontificado por hablar de las"periferias" existenciales y por prestar atención a los grandes olvidados de la sociedad. Los ancianos, los inmigrantes, los pobres y los enfermos se han convertido para él no sólo en una prioridad sino en algo en lo que todos los católicos deben mirarse.

                 Por ello, acudió a Lampedusa antes de que ocurriera el fatídico accidente que dejó cientos de muertes, ha comido con sin techo y los ha visitado en varias ocasiones y ha pedido a todos que no se vea a los vagabundos como algo más del paisaje de la ciudad. Pide que en ellos todos los creyentes vean al mismísimo Jesucristo, con sus llagas y sus heridas.

                En la tradicional audiencia de los miércoles, el pontífice ha tenido otro de estos gestos conmovedores. Tras hablar a las decenas de miles de presentes, se acercó a saludar a los peregrinos. Allí había uno muy especial. Un hombre muy enfermo al que muchas personas no se atreverían ni a mirarle a la cara.

                Sin embargo, el Papa vio en él al propio Cristo y emulando a San Damián de Molokai, el santo que cuidó y abrazó a los leprosos, Francisco acudió a él y con una gran ternura no sólo le saludó sino que le apretó a su pecho, le consoló y le besó. Un gesto de amor con la naturalidad de un Papa muy sensible. Un gesto que quedará ya para la historia de su pontificado.

                Pedimos a Santa María en este día de la novena que nos ayude a ahondar más en el mandamiento nuevo. Recordemos las palabras del Papa Benedicto. " Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él " (1Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: " Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él ".

                Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: " Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna " (cf. Jn 3, 16). La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud. En efecto, el israelita creyente reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio que, como bien sabe, compendian el núcleo de su existencia: " Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas " (Dt 6, 4-5). Jesús, haciendo de ambos un único precepto, ha unido este mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo, contenido en el Libro del Levítico: " Amarás a tu prójimo como a ti mismo " (Lv 19, 18; cf. Mc 12, 29- 31). Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un " mandamiento ", sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro.[1]
             

                Un periodista le hizo una pregunta capciosa: Madre Teresa, tiene usted setenta años. Cuando se muera, el mundo seguirá igual que antes de que usted naciera. Después de todo el esfuerzo que ha hecho usted, ¿qué ha cambiado en el mundo?

                Sin alterarse, y con una encantadora sonrisa, responde la Madre Teresa:
—Verá, yo nunca he querido cambiar el mundo. Yo solo he procurado ser una gota de agua pura en la que el amor de Dios pueda reflejarse. ¿Le parece poco?

                Silencio embarazoso en la sala donde se desarrolla la rueda de prensa. Lo rompe la Madre Teresa:
—¿Por qué no intenta usted también ser una gota de agua pura? Así ya seríamos dos.
La anécdota continúa. Se entabla un diálogo entre el desarmado periodista y la fundadora de las Misioneras de la Caridad, que le anima a convencer a su mujer y a sus tres hijos para que sean también gotas de agua pura, «... y ya seremos seis».

                El mandamiento nuevo

                El amor de Dios ocupa el centro en la vida cristiana: corresponder al amor de Dios es el primer mandamiento[2], unido al amor al prójimo: el mandamiento nuevo.[3] El amor a Dios es inseparable del amor al prójimo, que abarca a todos, también a quien parece poco agradable, desconocido, o incluso enemigo.          

                Este amor sólo es posible a partir del encuentro íntimo con Dios.[4] Amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor”.[5]

                Detengamos nuestra mirada en María, Maestra del sacrificio escondido y silencioso. [6] Contemplémosla  en aquellas tareas de Nazareth. verdaderamente escondidas y silenciosas. Allí, el Amor grande de la Madre a su HIjo se alimenta del trato continuo con Él y cuaja en continuas obras de caridad, de servicio.

                Su pierna estaba llena de gusanos. Había salido de una alcantarilla. Era medio hombre y medio animal. Aquella mujer, pequeña, insignificante... le trataba con un amor exquisito, sobresaliente. Le cuidaba, le acariciaba y le limpiaba con todo el cariño que nadie es capaz de dar; amor a lo divino. El periodista que lo contemplaba le dijo: Madre Teresa yo eso no lo haría ni por un millón de dólares. Ni yo tampoco, le contestó, lo hago por amor a Dios y a los demás por Dios.

                "Con el nombre de prójimo, dice San León Magno, no hemos de considerar sólo a los que se unen a nosotros con los lazos de la amistad o del parentesco, sino a todos los hombres, con los que tenemos una común naturaleza... Un solo Creador nos ha hecho, un solo Creador nos ha dado el alma. Todos gozamos del mismo cielo y del mismo aire, de los mismos días y de las mismas noches y, aunque unos son buenos y otros son malos, unos justos y otros injustos, Dios, sin embargo, es generoso y benigno con todos.[7]

                Los hijos de Dios nos forjamos en la práctica de ese mandamiento nuevo, aprendemos en la Iglesia a servir y a no ser servidos,[8] y nos encontramos con fuerzas para amar a la humanidad de un modo nuevo, que todos advertirán como fruto de la gracia de Cristo. Nuestro amor no se confunde con una postura sentimental, tampoco con la simple camaradería, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el prójimo, venerar -insisto- la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo".[9]

                Santa María sigue con el corazón los acontecimientos de la Última Cena.  El Señor lava los pies a los Apóstoles y les da el mandatum novum: Como Yo os he amado, amaos también unos a otros.[10] Y les recuerda que deben servir a los demás como Él lo ha hecho.[11] El mandamiento nuevo implica aprender a amar con obras y de verdad.[12]
               
                Caridad apostólica

                La caridad con el prójimo es una manifestación del amor a Dios. Por eso, al esforzarnos por mejorar en esta virtud, no podemos fijarnos límite alguno. Con el Señor, la única medida es amar sin medida. De una parte, porque jamás llegaremos a agradecer bastante lo que Él ha hecho por nosotros; de otra, porque el mismo amor de Dios a sus criaturas se revela así: con exceso, sin cálculo, sin fronteras.

                La misericordia no se queda en una escueta actitud de compasión: la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia. Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso. Así glosa la caridad San Pablo en su canto a esa virtud: la caridad es sufrida, bienhechora; la caridad no tiene envidia, no obra precipitadamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca sus intereses, no se irrita, no piensa mal, no se huelga de la injusticia, se complace en la verdad; a todo se acomoda, cree en todo, todo lo espera y lo soporta todo.[13]

                Estudiaban en la facultad de derecho de la universidad de Roma. Eran delegados de curso. Uno de ellos, perteneciente al Opus Dei animaba al otro -comunista- que se acercara a Jesucristo sin conseguirlo. Un día, el estudiante comunista se puso enfermo. Hubo una reunión de delegados y otro estudiante -también comunista- empezó a hablar del enfermo. El cristiano se puso en pié y le dijo: Es mi amigo y no te consiento que hables mal de él. A los pocos días el enfermo se enteró del suceso y se conmovió ante la lealtad de su amigo. Fue el principio de su conversión.

                Con qué frecuencia Santa María recordaría las palabra de su Hijo: Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo.[14] Seremos sal y luz si estamos unidos a Cristo, si la oración es lo primero... El apostolado es amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás.[15] La caridad apostólica es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior. Cuando se paladea el amor de Dios se siente el peso de las almas.

                Pidamos a la Virgen que nos ayude a ver el mundo que nos rodea como Jesús miraba a las muchedumbres, que andaban como ovejas sin pastor.[16] Con Santa María debemos buscar esa visión que descubre en las personas su dimensión profunda: la verdad de su vida. Participar de la mirada divina: Que yo vea con tus ojos, Cristo mío.[17]

                Es la verdad de Cristo la que ilumina en profundidad el sentido de la existencia de cada persona. El cristiano puede y debe descubrir ese sentido y esforzarse por mostrárselo a cada persona que se encuentra. Esto no es posible, si primero no lo hace en sí mismo. Es la verdad de la propia vida, la que lleva a los demás a encontrar a Dios en la suya. Cada uno debe ser un foco activo de apostolado, que haga eco y difunda doctrina cristiana diáfana, en medio de este mundo y de esta Iglesia, tan necesitados de la buena medicina que encierra la verdad que Jesús nos
trajo.[18]

                Como a María, todo en nuestra vida nos debe llevar a vivir para los demás: la alegría -que procede de la paz del alma-, la cordialidad, el optimismo, el espíritu de servicio, la intensidad y el orden en el trabajo, la preocupación por el que más lo necesita, las muestras normales de simpatía y de consideración... ¿Vivimos así, pendientes de los demás, en el trabajo, en los ambientes en que nos movemos? No somos apóstoles a ratos. Cualquier persona, cualquiera que sea la situación en que se encuentre puede necesitar nuestra caridad. Todo debe ser apostolado real en nuestra vida. Es la  manera de ser y de estar en el mundo de los cristianos.

                Era una buena alumna e hizo algo insólito en ella: se durmió en clase. En el descanso le preguntó la profesora y María se explicó. La noche anterior estaba atascada con unos deberes y pidió ayuda a su padre. Este solícito interrumpió sus tareas y ayudó durante un buen rato a su hija. Al darle las buenas noches la niña agradeció al padre su solicitud. Su padre sonriéndole le dijo: Hija mía para mi tu siempre eres los primero. A María le conmovió esta respuesta y apenas pudo conciliar el sueño al recordar el cariño de su padre.

                “Pero para cumplir una misión tan ardua -nos dice Juan Pablo II- hace falta un incesante crecimiento interior
alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria "arma" para redimir al mundo. Recomendaba siempre: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy "en tercer lugar", acción" (Camino, n. 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Este es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos”.[19]

                Finalizamos este día con las palabras del Papa en la Evangelii gaudium. "Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo (Hch1,14), y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización".[20]

                "A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial. (...) Nosotros hoy fijamos en ella la mirada, para que nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que los nuevos discípulos se conviertan en agentes evangelizadores.[21] En esta peregrinación evangelizadora no faltan las etapas de aridez, ocultamiento, y hasta cierta fatiga, como la que vivió María en los años de Nazaret, mientras Jesús crecía: «Éste es el comienzo del Evangelio, o sea de la buena y agradable nueva".[22]

                "Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su trono a los poderosos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia. Es también la que conserva cuidadosamente «todas las cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19).

                María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización. Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo. Es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Con María avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.
Tú, llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.
Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.
Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.[23]





[1] Benedicto XVI, Deus Caritas est, n. 1
[2] cfr. Mt 22, 37-40
[3] Jn 13, 34-35
[4] cfr. Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 16-18
[5] 1 Jn 4, 7-8
[6] San Josemaría, Camino n. 509
[7] S. León Magno, Sermo 12, 2 (PL 54, 170)
[8] Cfr. Mt 20, 28
[9] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 230
[10] Jn 13, 34
[11] cfr. Mc 9, 33-37; 10, 35-45
[12] 1 Jn 3, 18
[13] 1Co 13, 4-7
[14] cfr. Mt 5, 13-14
[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 122
[16] Mt 9,36
[17] De San Josemaría, en Carta Pastoral de D. Álvaro 1-XI-1991
[18] San Josemaría, Carta pastoral, 14-II-1974, n.14
[19] Juan Pablo II, Homilía 6-X-02
[20] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 284
[21] Cf. Propositio 58.
[22] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 287
[23] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 288

7 Una espada traspasará tu alma

Día séptimo
Una espada traspasará tu alma (Lc 2, 35)

                El dolor de María y el de Jesús

                La piedad cristiana meditó desde antiguo la escena de Santa María al pie de la Cruz de su Hijo, donde se cumplen las palabras proféticas de Simeón: una espada atravesará tu corazón. Hacia el siglo XIII aparece la secuencia Stabat Mater dolorosa, que recoge el valor correndentor de los sufrimientos de María

                ¡Oh Madre, fuente de amor!, // hazme sentir tu dolor // para que llore contigo: // y que, por mi Cristo amado, // mi corazón abrasado // más viva en Él que conmigo.[1]

                Quiso el Señor asociar a su Madre a la obra de la Salvación, haciéndola partícipe de su dolor supremo. Al contemplar en la Novena este sufrimiento corredentor de María, nos invita la Iglesia a ofrecer, por la salvación propia y la ajena, los mil dolores, casi siempre pequeños, de la vida, y las mortificaciones voluntarias. María, asociada a la obra de salvación de Jesús, no sufrió sólo como una buena madre que contempla a su hijo en los mayores sufrimientos y en la misma muerte. Su dolor tiene el mismo carácter que el de Jesús: es un dolor redentor. El sufrimiento de María eleva sus actos hasta el punto de que todos ellos, en unión estrechísima con su Hijo, tienen un valor extraordinario.

                El dolor de María nos invita a interpelarnos por su sentido. El periodista Vittorio Messori plantea a Juan Pablo II el escándalo del mal y del dolor. ¿Cómo es posible que un Dios tan bueno permita su existencia?¿Por qué razón permite la bondad divina el sufrimiento de los inocentes?. La respuesta del Papa es inolvidable. Dios no es insensible ante todo esto. Su respuesta es asombrosa. Se hace hombre por nosotros y entrega su vida en la Cruz.

                La vocación cristiana es extraordinaria, llena de felicidad y, al mismo tiempo el sacrificio y la cruz son compañeros inseparables del camino.  Aquí tenéis un botón de muestra. Óscar ha concentrado en seis años de matrimonio lo que muchos no contarán ni en sus Bodas de Plata: una grave enfermedad, la pérdida de su trabajo, la creación de una empresa, cuatro hijos y uno en camino. Así, con 33 años, ha madurado a marchas forzadas y cambiado puntos de vista, antes inamovibles.

                 “Cuando estás por los suelos, sólo tienes dos opciones o levantarte o ahogarte en tu desgracia. Yo he pasado momentos en los que ya no podía tirar de fuerza de voluntad pero tenía otras fuentes de energía externas: mi hogar y Dios. Los cristianos tenemos unas agarraderas tan fuertes que levantarte, si no fácil, tampoco es imposible. Es casi una cuestión de honestidad con uno mismo, de cumplir con lo que se es: padre, esposo, cristiano”.[2]

                Son cosas que no pasan todos los días, pero a veces pasan y son noticia. A mediados del siglo XIX, en concreto por el año 1834, un modesto pintor asistía a una subasta de objetos de arte en la que se ponía a la venta un viejo Crucifijo, sucio y polvoriento, por el que un individuo ofrecía una cantidad bastante baja. Al pintor le dolieron las bromas que hicieron algunos de los presentes a costa del Señor y se animó a ofrecer un poco más de dinero para quedarse con la talla, cosa que le resultó muy fácil pues nadie pujó ni un franco más.

                Al día siguiente se puso a limpiarlo con un cepillo y encontró grabado a sus pies el nombre de Benvenuto Cellini, el gran artista florentino. La Cruz, según se supo después, procedía del saqueo popular del palacio de Versalles durante la revolución francesa. La Cruz es un tesoro pues nos habla de amor inmenso que Dios nos tiene.

                Nunca comprenderemos del todo la inmensidad del amor de María por Jesús, causa de sus dolores. Por eso, la Liturgia también aplica a la Virgen dolorosa las palabras del profeta Jeremías: Oh vosotros, cuantos por aquí pasáis, mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor, al dolor con que soy atormentada.[3]

                Su amor a Jesús le permitió sufrir los padecimientos de su Hijo como propios. Cuanto más se ama a una persona, más se siente su pérdida. "Más aflige la muerte de un hermano que la de un irracional, más la de un hijo que la de un amigo. Ahora bien (...), para comprender cuán grande fue el dolor de María en la muerte de su Hijo, habría que conocer la grandeza del amor que le tenía. Y ¿quién podrá nunca medir tal amor?".[4]

                El mayor dolor de Cristo, el que le sumió en profunda agonía en Getsemaní, el que le hizo sufrir como ningún otro, fue el conocimiento profundo del pecado como ofensa a Dios y de su maldad frente a la santidad de Dios. Y la Virgen penetró y participó más que ninguna otra criatura en este conocimiento de esa maldad. María se vio anegada en un mar de dolor. Además, el Señor subió a la Cruz con el peso de todos los dolores que aquejan a la humanidad y los convirtió en un tesoro.

                Al considerar que nuestros pecados no son ajenos, sino parte activa, en este dolor de Nuestra Madre, le pedimos hoy que nos ayude a compartir su dolor, a sentir un profundo horror a todo pecado, a ser más generosos en la reparación por nuestros pecados y por los que todos los días se cometen en el mundo. Y también que nos ayude a entender el valor  cristiano del sacrificio, la mortificación y la cruz.

                La mortificación  y la cruz en la vida del cristiano

                El Señor llama bienaventurados, felices y dichosos a sus discípulos si escuchan sus palabras y las ponen en práctica. Y al mismo tiempo señala como necesario el camino de la cruz: "Si alguno quiere venir en pos de Mi niéguese a si mismo, cargue con su cruz y sígame".[5]

                Al contemplar a Santa María entendemos que la certeza de su amor se manifiesta en su sacrificio que alcanza su cenit junto a la Cruz de su Hijo. Junto a Ella los cristianos han entendido la necesidad de la Cruz que va unida inseparablemente a la alegría y la paz.

                Recordemos el ejemplo de Juan Pablo II en su larga enfermedad llevada con una fortaleza y alegrías extraordinarias. La cruz señala también la vida de San Josemaría. Parafraseando el ¿Ningún día sin carta? (nulla dies sine littera) de Cicerón, construye su lema cotidiano: nulla dies sine cruce. Un slogan que no es un deseo masoquista sino una prueba, tan infalible como que donde hay fuego hay calor. Pero un slogan alegrado -no rebajado, ni abaratado- anteponiéndole dos palabras -in laetitia-, que denotan un talante, un garbo, una amable música de fondo en el vivir.

                Y como es un test contrastado a golpes de cruz, cuando transcurre una jornada sin crestas de adversidades, el Padre se extraña, va junto al sagrario y pregunta: ¿Qué te pasa conmigo, Señor? ?Es que ya no me quieres?[6]

                En alguna ocasión, el dolor y la mortificación los encontramos en una gran dificultad, en una enfermedad grave y dolorosa, en un desastre económico, en la muerte de un ser querido, en incomprensiones, en injusticias graves. Pero lo normal será que nos encontremos con pequeñas contrariedades que se atraviesan en el trabajo, en la convivencia; puede ser un imprevisto con el que no contábamos, el carácter de una persona con la que necesariamente hemos de convivir, planes que hemos de cambiar a última hora, instrumentos de trabajo que se estropean cuando más nos eran necesarios, dificultades producidas por el frío o el calor, pequeñas incomprensiones, una leve enfermedad que nos hace estar con menos capacidad de trabajo ese día...


                Estas contrariedades pueden ser, cada día, ocasión de crecer en espíritu de mortificación, paciencia, caridad, santidad en definitiva, o bien pueden ser motivo de rebeldía, de impaciencia o de desaliento. La contrariedad -pequeña o grande- aceptada produce paz y gozo en medio del dolor; cuando no se acepta, el alma queda desentonada o con una íntima rebeldía que sale enseguida al exterior en forma de tristeza o de malhumor.

                Es buena práctica repasar nuestras obligaciones cotidianas y entresacar una relación de vencimientos de mortificaciones pequeñas que nos ayuden a cumplir amorosamente nuestros deberes cotidianos.


                El centurión está asombrado al contemplar a María al pie de la Cruz. La fortaleza de nuestra Madre en ese momento nos habla del sacrificio escondido y silencioso de toda su vida.

                Aprender de María a valorar el sacrificio y la cruz de cada día

                La contemplación de los dolores de María nos impulsa a aceptar los sufrimientos y contrariedades de la vida para purificar nuestro corazón y corredimir con Cristo. La Virgen nos enseña a no quejarnos de los males, pues Ella jamás lo hizo; nos anima a unirlos a la Cruz de su Hijo y convertirlos en un bien para la propia familia, para la Iglesia, para toda la Humanidad.

                El dolor que hemos de santificar consiste, con frecuencia,  en las pequeñas contrariedades diarias: esperas que se prolongan, cambios de planes, proyectos que no se realizan... Otras veces se presentará en forma de pobreza, de carencia incluso de lo necesario, en la falta quizá de un empleo con el que sacar la familia adelante. Y esta pobreza será un gran medio para unirnos más a Cristo, para imitarle en su desprendimiento absoluto de las cosas, incluso de las necesarias. Miraremos a la Virgen y hallaremos consuelo y fuerzas para seguir adelante con paz y serenidad.

                Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia... Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas.[7]

                También puede llegar la enfermedad, y pediremos la gracia de verla como un tesoro, una caricia de Dios, y de dar gracias por el tiempo en el que quizá no supimos apreciar del todo el don de la salud. La enfermedad, en cualquiera de sus formas puede ser la piedra de toque que muestre la solidez del amor al Señor y de la confianza en Él. Mientras estamos enfermos podemos crecer más rápidamente en las virtudes, principalmente en las teologales: en la fe, pues aprendemos a ver también en ese estado la mano providente de nuestro Padre Dios; en la esperanza, pues siempre estamos en sus manos, pero especialmente cuando más débiles y necesitados nos encontramos; en la caridad, ofreciendo el dolor, siendo ejemplares en la alegría con que amamos ese estado que Dios quiere o permite para nuestro bien.

                Cuando sintamos que la carga se nos hace demasiado pesada para nuestras pocas fuerzas, recurriremos a Santa María en demanda de auxilio y de consuelo, pues Ella sigue siendo la amorosa consoladora de tantos dolores físicos y morales que afligen y atormentan a la humanidad. Ella conoce bien nuestros dolores y nuestras penas, pues también Ella ha sufrido desde Belén hasta el Calvario: una espada te traspasará el corazón. María es nuestra Madre espiritual, y la madre comprende siempre a sus hijos y les consuela en sus necesidades.

                Por otro lado, Ella ha recibido de Jesús en la Cruz la misión específica de amarnos, sólo y siempre amarnos para salvarnos. María nos consuela sobre todo mostrándonos el crucifijo y el paraíso (...).
                Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?. Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo.[8]


                Esta luz de valor cristiano de la mortificación en la cruz debemos difundirla con valentía por todas partes. Abundan las personas que realizan notables sacrificios voluntarios sólo por motivos humanos, elevados o menos nobles. Con tal de mejorar la forma física, o la buena presencia, ayunan, se sujetan a una dieta, practican gimnasias estenuantes y no eluden incluso dolorosas intervenciones qirúrgicas.  Sin embargo, esos mismos o otros muchos no comprenden el sentido cristiano de la mortificación. En el fondo, no es tanto el hecho de la mortificación lo que no entienden -ellos soportan cosas más duras-, sino la finalidad. Si se practica por la salud del cuerpo o por la vanidad, les parece lógico; pero si se practica por el progreso del alma y por amor a Dios y a los demás, les resulta absurdo, e incluso se escandalizan.[9]

                "Oh Madre Consoladora, consuélanos a todos, haz que todos comprendamos que la clave de la felicidad está en la bondad y en el seguimiento fiel de tu Hijo Jesús"[10]. Él sabe siempre cuál es el camino mejor para cada uno, en el que debemos seguirle.






[1] Secuencia de la Misa. Himno Stabat Mater.
[3] Lm 1, 12.
[4] SAN ALFONSO Mª DE LIGORIO, Las glorias de María,2, 9.
[5] Mt 16, 24
[6] Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, Rialp
[7] San Josemaría en Gran enciclopedia Rialp 16, 336
[8] San Josemaría, Via Crucís 1.1
[9] Álvaro del Portillo, Carta Pastoral, III.92, n. 42
[10] Homilía Beato Juan Pablo II, 13 - IV - 1980.

6 Encontraron a María, a José y al Niño

Día sexto

Encontraron a María, a José y al Niño (Lc 2, 16)   
Jesús quiso comenzar la Redención del mundo enraizado en una familia.


La familia del Hijo de Dios


Cuando cumplieron todas las cosas ordenadas en la Ley del Señor regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.[1]
El Mesías quiso comenzar su tarea salvadora en el seno de una familia sencilla, normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar. Nada ocurre de extraordinario en estos años de Nazaret, donde Jesús pasa la mayor parte de su vida.

José era el cabeza de familia; como padre legal, era quien sostenía a Jesús y a María con su trabajo. Es él quien recibe el mensaje del nombre que ha de poner al Niño; y los que tienen como fin la protección del Hijo: Levántate, toma al Niño y huye a Egipto. Levántate, toma al Niño y vuelve a la patria. No vayas a Belén, sino a Nazaret.[2] De él aprendió Jesús su propio oficio, el medio de ganarse la vida. Jesús le manifestaría muchas veces su admiración y su cariño.

De María, Jesús aprendió formas de hablar, dichos populares llenos de sabiduría, que más tarde empleará en su predicación. Vio cómo Ella guardaba un poco de masa de un día para otro, para que se hiciera levadura; le echaba agua y la mezclaba con la nueva masa, dejándola fermentar bien arropada con un paño limpio. Cuando la Madre remendaba la ropa, el niño la observaba. Si un vestido tenía una rasgadura buscan a Ella un pedazo de paño que se acomodase al remiendo. Jesús, con la curiosidad propia de los niños, le preguntaba por qué no empleaba una tela nueva; la Virgen le explicaba que los retazos nuevos cuando se mojan tiran del paño anterior y lo rasgan; por eso había que hacer el remiendo con un paño viejo... Los vestidos mejores, los de fiesta, solían guardarse en arca. María ponía gran cuidado en meter también determinadas plantas olorosas para evitar que la polilla los destrozara. Años más tarde, esos sucesos aparecerán en la predicación de Jesús. No podemos olvidar esta enseñanza fundamental para nuestra vida corriente: "la casi totalidad de los días que Santa María pasó en la tierra transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!".[3]

Entre  María y José había cariño santo, espíritu de servicio, comprensión y deseos de hacerse la vida feliz mutuamente. Así es la familia de Jesús: sagrada, santa, ejemplar, modelo de virtudes humanas, dispuesta a cumplir con generosidad la voluntad de Dios. El hogar cristiano debe ser imitación de Nazaret: un lugar donde quepa Dios y pueda estar en el centro del amor que todos se tienen.

"Unidos por la misma fe en Cristo -decía Benedicto XVI en Valencia-, nos hemos congregado aquí, desde tantas partes del mundo, como una comunidad que agradece y da testimonio con júbilo de que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios para amar y que sólo se realiza plenamente a sí mismo cuando hace entrega sincera de sí a los demás. La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor. Por eso la Iglesia manifiesta constantemente su solicitud pastoral por este espacio fundamental para la persona humana. Así lo enseña en su Magisterio, en el Catecismo: “Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima  comunión de vida y amor entre ellos, "de manera que ya no son dos, sino una sola carne".[4]

                Aunque bueno, era inexperto. Todavía no había cumplido cinco años de sacerdote cuando le pidieron que celebrara unas bodas de oro. Habían tenido cuatro hijos y ahora estaban felices con sus trece nietos. Para ellos, como no podía ser de otra manera, se trataba de una celebración muy especial. Quedó con ellos un sábado a las cinco, para prepararlo todo.

Acudieron puntuales. La parroquia estaba cerquita de casa. Vinieron paseando. Una escena que siempre llama la atención: cincuenta años juntos, más el tiempo del noviazgo, quizá ya antes fueran amigos... y aún siguen caminando dados de la mano.

Don Javier les atendió con mucho cariño. Estaba muy ilusionado con la celebración de dos personas que durante tantos años han permanecido fieles al amor. Sin embargo, como decíamos, era inexperto.

Mediada la conversación, el sacerdote les preguntó si aún se querían como el primer día. Pilar lo miró con ternura como imaginando que fuera su nieto mayor y le contestó llena de confianza: don Javier, ¡qué cosas tiene! ¿Cómo quiere que nos amemos igual que el primer día después de los hijos, las dificultades, los nietos, las enfermedades, discusiones, alegrías, proyectos? Si nos quisiéramos como entonces, seríamos muy tontos e infelices. ¡Nos queremos muchísimo más! Lo entiende, ¿verdad?

Con la ayuda de María contemplamos que el matrimonio es mucho más que una solución legal para la soledad, para la descendencia del varón o para la protección de la mujer. Es el sacramento del amor, es la escuela de la caridad, porque, como decía Pilar, día a día el afecto crece: a golpe de sufrimientos y alegrías compartidas, a fuerza de dificultades superadas. El matrimonio es una vocación divina. Tan vocación –llamada personalísima de Dios– como la de un sacerdote, o una religiosa, o de quien permanece célibe por servir a Dios y a las almas.

                Esposos y padres

                Contemplemos a la Sagrada Familia. ¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás? Son preguntas que pueden ser oportunas en este día de la novena.
                Poco antes de casarme -cuenta una señora- mi párroco me previno sobre las dificultades que me esperaban con un compañero que no pertenecía a la Iglesia Católica.

                Yo lo haré católico, dije jactanciosamente. -No se puede hacer católico a nadie, hijita mía, -me respondió. Eso es un don de Dios. Sólo se puede desear que las personas vean la misma luz que nosotros vemos rezando por ellas y dando buen ejemplo.


                Mis suaves insinuaciones a mi marido, en los primeros tiempos de casada, pronto se transformaron en constantes impertinencias. Mi lengua se mudó en látigo. Un día mi esposo, en el colmo de la irritación, me replicó: -Si tú eres un ejemplo de catolicismo, jamás seré católico.


                En ese instante comprendí el sentido de las palabras de mi párroco. Dejé de hablar de religión y comencé a practicarla. Pasó el tiempo y al fin, mi marido pidió el bautismo.

                En los encuentros multitudinarios que tuvo San Josemaría con familias del mundo entero enseñaba que el matrimonio es vocación cristiana a la santidad y solía repetir un comentario revelador: Tu camino al cielo -le decía a la mujer- tiene un nombre: el de tu marido. Y dirigiéndose al esposo afirmaba: Tu camino al Cielo tiene un nombre: el de tu mujer.

                "Evitad la soberbia, que es el mayor enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una palabra, que contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde -a solas- reñid, que ya haréis en seguida las paces.

                Pensad vosotras en que quizá os abandonáis un poco en el cuidado personal, recordad con el proverbio que la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta: es siempre actual el deber de aparecer amables como cuando erais novias, deber de justicia, porque pertenecéis a vuestro marido: y él no ha de olvidar lo mismo, que es vuestro y que conserva la obligación de ser durante toda la vida afectuoso como un novio. Mal signo, si sonreís con ironía, al leer este párrafo: sería muestra evidente de que el afecto familiar se ha convertido en heladora indiferencia.[5]

                Una mujer de 35 años, madre de tres hijos contaba un día a una amiga suya: "Ayer, por la tarde mi marido me hizo ayer un gran regalo de cumpleaños"

                Y le explicó: "Ayer fuimos a la consulta del médico con mi hija de 7 años para que la tratara de una enfermedad infantil. Me acompañaba mi marido. La consulta estaba atendida por una enfermera joven, atenta, rubia y muy guapa. Mi marido no la miró ni una sola vez.

                Al mediodía, me había me había traído unas flores muy bonitas y había tenido otros detalles conmigo.Pero, para mí, el mejor regalo fue su actitud con la enfermera en la consulta del médico. Comprendí que está muy enamorado de mí y que, cada día, me quiere más".[6]

                En la familia, "los padres deben ser para sus hijos los primeros educadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo".[7] Esto se cumplió de manera singular en el caso de la Sagrada Familia. Jesús aprendió de sus padres el significado de las cosas que le rodeaban.


                La Sagrada Familia recitaría con devoción las oraciones tradicionales judías, pero en aquella casa todo lo que se refería a Dios particularmente tenía un sentido y un contenido nuevo. ¡Con qué fervor y recogimiento repetiría Jesús los textos de la Sagrada Escritura que los niños hebreos tenían que aprender![8] Recitaría muchas veces estas oraciones aprendidas de labios de sus padres.


                Al meditar estas escenas, los padres han de considerar con frecuencia las palabras del Papa Pablo VI recordadas por Juan Pablo II: "¿Enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿Rezáis el Rosario en familia? (....) ¿Sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común, vale una lección de vida, vale un acto de culto de mérito singular; lleváis de este modo la paz al interior de los muros domésticos: Pax huic domui. Recordad: así edificáis la Iglesia".[9]


                Los hogares cristianos, si imitan el hogar de Nazaret, serán "hogares luminosos y alegres", porque cada miembro de la familia se esforzará en primer lugar en su oración, y con espíritu de sacrificio procurará una convivencia más amable cada día. Su eficacia apostólica será extraordinaria en todos los ambientes.


                La familia es escuela de valores y lugar ordinario donde hemos de encontrar a Dios."La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás, a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.


                "Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las demás: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría ...".[10]
                Estas virtudes fortalecerán la unidad que la Iglesia nos enseña a pedir: Tú, que al nacer en una familia fortaleciste los vínculos familiares, haz que las familias vean crecer la unidad.[11]

                La Sagrada Familia referencia para la familia humana

                Una familia unida a Cristo es un miembro de su Cuerpo místico, y ha sido llamada "iglesia doméstica".[12] Esa comunidad de fe y de amor se ha de manifestar en cada circunstancia, como la Iglesia misma, como testimonio vivo de Cristo. "La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las presentes virtudes del reino, como la esperanza de la vida bienaventurada".[13] La fidelidad de los esposos a su vocación matrimonial les llevará también a pedir la vocación de sus hijos para dedicarse con abnegación al servicio del Señor.

En la Sagrada Familia cada hogar cristiano tiene su ejemplo más acabado; en ella, la familia cristiana puede descubrir qué debe hacer y cómo comportarse, para alcanzar la plenitud humana y cristiana de sus miembros. "Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida".[14]


La familia es célula básica de la sociedad. Es la principal "escuela de todas las virtudes sociales". Es el semillero de la vida social, pues es en la familia donde se ejercita la obediencia, la preocupación por los demás, el sentido de responsabilidad, la comprensión y ayuda, la coordinación amorosa entre las diversas maneras de ser. Esto se realiza especialmente en la familia numerosa, siempre alabadas por la Iglesia.[15] De hecho, se ha comprobado que la salud de una sociedad se mide por la salud de las familias. Los ataques directos a la familia son también ataques directos a la sociedad misma y sus resultados no se hacen esperar.

                "Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, sea también Madre de la "iglesia doméstica", y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una pequeña Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de sus familias.

                "Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente, como en Caná, en cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza".[16]





[1] Lc 2, 39 - 40
[2] Mt 2, 13
[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 148.
[4] Benedicto XVI, Encuentro Mundial de las Familias, 8.7.2006
[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 26
[7] CONC. VAT. II, Const. Lumen gentium, 11.
[8] Cfr. Sal 55, 18; Dn 6, 11; Sal 119.
[9] Beato Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, 60.
[10] Ibídem, 23.
[11] Preces. II Vísperas del día 1 de enero.
[12] CONC. VAT. II, Const. Lumen gentium, 11.
[13] Ibídem, 35.
[14] PABLO VI, Aloc. Nazaret, 5 - I - 1964 .
[15] Cfr. CONC. VAT. II, Const. Gaudium et spes, 52.
[16] Beato Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, 86.